Imaginemos tres carreteras, en las cuales en la carretera A está plagada de semáforos y restricciones durísimas contra el exceso de velocidad, y en la cual no se puede circular, más que muy lentamente y cuando se nos permite el paso.
La carretera C estaría formada por una vía de libre conducción en la cuál no habría ningún tipo de restricción, ni de velocidad, ni pasos de cebra, ni semáforos, ni nada que impidiese a nadie ir como le apetezca.
La carretera B estaría compuesta por una vía bien equilibrada, en la cuál solo se restringirían las zonas en las cuáles pueda haber peligro de accidente, con tramos más libres que otros.
Si hacemos un símil económico, podríamos identificar a A como una “economía dirigida”, llena de trabas al libre comercio, y en la que solo se avanza hacia donde dirige el Estado. Pero sin libertad para los conductores de ir hacia el lugar más rentable. En este tipo, la dinámica humana en la economía estaría muy restringida, sin ningún tipo de incentivo a correr más que los demás o a hacer un adelantamiento, pues también estaría prohibido. No existiría el riesgo de que alguien quisiera ir más rápido, y tuviera un accidente que dañaría a los demás, pero tampoco podríamos correr más para alcanzar una meta que nos llevase a una innovación que nosotros vemos posible. Solo se llevarían a cabo las que el Estado decidiese.
La C, podría llamarse “competencia perfecta”, o libre mercado, porque ningún conductor tendría absolutamente ninguna traba para hacer lo que quisiera, para correr cuanto quisiera, e ir donde quisiera. En este tipo de carretera tendríamos un alto riesgo de accidentes, pero también con una alta probabilidad de innovación, y de beneficios en precios para el consumidor, pues pagarían el precio más barato posible. Los accidentes aquí podrían ser tremendos, de hecho podrían llegar a cortar la carretera un tiempo, porque ningún Estado interviene, ni para lo bueno ni para lo malo.
La carretera B, podría parecerse más a la realidad, con tramos muy intervenidos, pero con otros más libres. Por supuesto también hay riesgo de accidentes, pero menor que en C, aunque mayor que en A. En este tipo, el Estado, no se dedicaría a dirigir la carretera hacia donde él quiere, como en A, y al igual que en C. Aunque en caso de accidente este si que ayudaría a resolverlo lo antes posible, al contrario que en C, aunque igual que en A. No habría tanto vértigo como en C, pero tampoco tanto parsimonia como en A. Las innovaciones también llegarían, incluso hasta más rápido que en C, porque el Estado podría ayudar para que sucedieran antes. En los tramos libres los accidentes pueden ser muy peligrosos ,y detener la carretera mucho tiempo, incluso con la ayuda del Estado, y es éste el que tiene que tener bien previstos los peligros, para minimizar los riesgos de fuertes accidentes.
En la economía, al igual que en la carretera, aunque los caminos estén totalmente libres, la mayoría de los individuos actúan correctamente y bajo criterios de buena conducta. Podríamos aplicar aquí el principio de Pareto del ochenta veinte, es decir, que aproximadamente el 80% de los individuos actúan correctamente en la carretera y en la economía, incluso quizás más, pero el 20% restante actúa temerariamente, poniendo en peligro a los demás conductores.
Si ahora pensamos en la Crisis financiera 2007-2009, quizás encuentren similitudes a lo que acabo de exponer, pues en esta, como quizás en otras crisis, hubo ciertos individuos, que poseedores de grandes motores y un gran poder de influencia, actuaron muy temerariamente por las zonas libres, sin restricción alguna, y sin que nadie les restringiera en absoluto, y como el libre mercado mostraba su mejor cara, con grandes beneficios, en una carretera en la que se podía correr a 250 Km./h o más, en la que toda ella era una línea recta casi infinita. O eso parecía con la burbuja inmobiliaria. Pero el copiloto de este gran vehículo, que es la economía de mercado, es decir el Estado, debió advertir, o por lo menos vigilar mejor a sus conductores, se olvidó de avisar de que una curva en U no se puede girar a esa velocidad, y solo entonces, cuando el gran Lehman Brothers se salió de la pista, y otros le iban siguiendo a las llamas del gran choque, comenzó a volver a hacer su labor de copiloto, aunque ya era tarde para esta, y más bien tuvo que hacer de médico de guerra. En esta situación, los mismos que pedían más libertad en la carretera, raudamente se metieron entre las faldas del Estado para que les protegiera de la inercia de la velocidad que habían alcanzado, aunque un vehículo no puede frenar en seco a esa velocidad, por mucho que se quiera, nos lo impiden las leyes de la física, al igual que en la economía nos lo impiden otras leyes. Si lo hacemos, seguramente provocaremos no solo que nos accidentemos nosotros, cosa evidente, sino que muchos otros que nos siguen, no les dará tiempo a frenar y chocarán con nosotros. Y el Crack estará servido, o el pinchazo en la burbuja inmobiliaria en este caso. No hubo ningún tipo de desaceleración, solo vehículos o individuos que se chocaban unos detrás de otros sin poder remediarlo.
Por eso el Estado ha de ser el gran copiloto de la economía, una entidad objetiva, exenta de cualquier tentación de usura por negocios muy lucrativos a corto plazo y medio plazo, pero que a largo plazo pueden provocar accidentes de años, e incluso conflictos mucho más serios.
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